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24 horas en Tijuana


Es injusto e impreciso hacer un juicio de un destino con sólo un día de visita. Lo que comparto aquí son las ideas y emociones que tuve en esta visita corta, mi primera vez en Tijuana.


Llegué un poco cansado de Loreto, sentía aún la cara quemada por el sol y el agua salada, aunque estaba un poco ebrio de tanta naturaleza, de tantas expresiones de azul. De tanta libertad y tanto cielo.

Compartí con ballenas y delfines, con aves, humanos y crustáceos, uno de esos viajeros de los que uno no se recupera fácilmente.

De regreso a la Ciudad de México, decidí hacer escala en Tijuana, nunca había estado en la ciudad y había escuchado historias y opiniones de todo tipo, no quería quedarme con las ganas de conocer un poco de uno de los estados que aún me faltaban por conocer.


Reservé un pequeño hotel en el centro. Apenas llegué al aeropuerto tuve mis primeras fuertes impresiones de Tijuana. El exceso de seguridad no resultaba muy amigable, los elementos de la Guardia Nacional merodeaban por todas partes con sus zapatos negros billantes, perfectamente lustrados. Los perros de seguridad atentos olfateaban maletas, postes, piernas, botes de basura.


Al salir del aeropuerto más seguridad y el infame muro que Trump levantó en 2020 para mantener a los “bad hombres” a raya se levantaba frente a las puertas de entrada, enviando un claro mensaje de quién está de qué lado.


El muro se extiende como una escultura amenazante y repetitiva, como un mantra que dice “No pasarás”, sus interminables postes color óxido tienen a sus pies pequeños jardines con huizaches de hermosas flores amarillas, intentando aligerar un poco la amenaza. Del otro lado del muro, se levanta otra línea igual con torres de vigilancia y vehículos blancos y verdes de la border patrol, ninguna flor amarilla a la vista,


Aún con resaca, pedí mi uber y durante el viaje pude conversar poco con el conductor quien me puso al tanto de las zonas que no debía visitar (y que por sí puesto, iría más tarde). Me dio un par de malas recomendaciones de restaurantes y me dejó en mi destino.

Entré al pequeño lobby del hotel y dejé mis cosas para registrarme. En ese momento, entraron cuatro tipos delgados y altos, hablando indio, todos con cubrebocas en el rostro. Los saludé y no tuve respuesta, se veían muy nerviosos, se echaban miradas entre ellos y apenas cruzaban palabra, parecían tener cierta prisa por tener sus habitaciones, me hicieron sentir muy incómodos.


Dejé mis cosas en la habitación rosa perfectamente ordenada y limpia, tomé un baño rápido, empaqué mi libreta y mi cámara y salí a explorar el centro de la ciudad.



Hacía frío y el viento no paraba de soplar. Era domingo por la tarde, los centros de las ciudades mexicanas son muchas veces territorios abandonados y sucios y en ese momento parecía aventurarse aún más. Parecía que el servicio de recolección de basura se había olvidado de ese frío barrio y la basura se acumulaba en las banquetas, las rejas de los locales estaban abajo, luciendo graffitis y óxido, dando un aspecto aún más inhóspito a la escena. En las calles habían pocas personas, los olvidados, los forasteros, los que no encajamos nos encontrábamos todos yendo en alguna dirección poco clara.


Comencé a caminar un poco por la Av. Revolución, la más popular. El sonido ensordecedor de las cumbias, música electrónica y reggaetón que salían de los bares vacíos inundaban la calle de forma confusa. Los pocos cafés y restaurantes que estaban abiertos no tenían gente y en la banqueta, algunos vendedores ofrecían cigarrillos, ponchos, sombreros y recuerdos genéricos de México.


Yo suelo caminar rápido y lo intento hacer de forma segura, sin embargo, comencé a notar un extraño patrón. Las personas en la calle caminaban con prisa, como buscando llegar pronto a algún lugar, se veían inquietas y lo peor, empecé a notar cómo las personas caminaban muy cerca de mi, llegando a estar apenas a un paso de distancia de mi. Una sensación de incomodidad e inseguridad me seguía, pues llevaba mi cámara en la mochila y soy muy celoso de mi espacio personal. Por inercia comencé a acelerar, pues mi paso lento me delataba como turista, lo cuál a veces, no es lo ideal.




Seguí caminando hasta el famoso arco de Tijuana y seguí explorando algunas calles abajo. de pronto, me encontré en una zona que parecía más oscura y densa, los carteles de table-dance, un par de farmacias y hoteles de poca pinta inundaban las calles. En una esquina, el show de una mujer que bailaba y cantaba canciones de Selena con un enorme speaker, animaba a un grupo de unos 15 hombres que parecían estar fuera de sí. Entendí en donde estaba, la Tijuana salvaje, la del cliché y los vicios. Me sentí un poco nervioso y emocionado, entendí que ese también era mi México, mi norte.


La noche había caído y mi instinto me empujó a salir de esa zona, regresé a la Avenida Revolución y me interné en un callejón poco prometedor en el que había luces y algunas mesas con gente consumiendo. Dentro, las cosas empezaron a cambiar.


Crucé el pasillo donde encontré tiendas y locales con mucho movimiento, tiendas de discos y playeras, ropa urbana libros usados y artesanías, a medio pasillo encontré algunas cafeterías que ofrecían clases de arte, las mesas estaban llenas de jóvenes y adultos sentados frente un caballete pintando paisajes o figuras humanas, más adelante, algunas cafeterías con gente trabajando y conversando y una cervecería. Había escuchado que en Tijuana se producía buena chela artesanal.


Cansado, me senté en una pequeña mesa del local y pedí una IPA. Me sirvieron mi vaso y pude ver a las personas caminar por el pasillo, un grupo de jóvenes que traían un perrito con una correa se sentaron a mi lado y yo me puse a jugar con el cachorro. El bicho y la cerveza me relajaron.


Mientras estaba en el bar, pude conectar con mi guía espiritual y gastronómica, Paola Norman, quien me dio sus imperdibles para comer en Tijuana. A pesar de que yo sólo tenía 24 horas en la ciudad, quería tener al menos dos comidas épicas. Pagué mi cerveza, me limpié los bigotes y me dirigí hacia el primer restaurante.


Cesar´s es un mítico lugar en donde presumiblemente se inventó la ensalada césar en la década de los 1920's por un chef italiano que llevaba ese nombre. En este mundo, no hay nada que me emocione menos que una ensalada, sin embargo, ante la insistencia de Paola y otras personas, llegué al lugar, pedí mi ensalada, pasta, una copa de vino.


El ambiente era cálido, los meseros y staff se comportaron como verdaderos profesionales y yo tuve una cena memorable, la comida fue deliciosa (incluida la ensalada) y yo salí de ahí flotando, satisfecho, lleno y un poco seducido por Tijuana.


Llegué directo a mi habitación con la intención de hacer el check-in para el día siguiente y me quedé profundamente dormido antes de abrir la computadora.


Desperté temprano con la ropa del día anterior puesta y esa horrible sensación de no saber en dónde estoy. Me sucede algunas veces al no reconocer la habitación de hotel. El sonido de la calle llamó mi atención y corrí la cortina para ver la calle en donde vi al menos a tres personas en la calle barriendo la banqueta, metiendo basura en bolsas y preparando los negocios para abrir. Parece que Tijuana había despertado y yo en ella.


Hice mis rituales matutinos: Meditación, Taza de café y leí unos minutos en la cama, seguía cansado y decidí no hacer ejercicio. En su lugar, hice mi maleta y tomé una ducha fría para salir a la calle cuanto antes. Mi segunda comida: Los tacos Fotos.


Tomé mis cosas y salí a la calle, mientras caminaba al mercado Hidalgo, pude ver cómo los negocios comenzaban a abrir, En las carnicerías y marisquerías, la gente entraba y salía con diablitos cargados de cajas y carteras llenas de productos frescos.


El cielo estaba despejado brillando en azul, el frío del día anterior había cambiado por un clima templado por el sol brillante. Ya en el mercado, recorrí los puestos cuidadosamente ordenados y sorprendentemente limpios para un lugar así, las personas entraban y salían con distintos productos, el lugar parecía más un supermercado al aire libre que un mercado tradicional.


Al terminar de recorrer los puestos, crucé la calle hasta donde se juntaba un montón de gente sobre la banqueta, sabía que ese era el lugar. Tacos fotos es un lugar donde se prepara birria y tripitas fritas en generosos tacos de tortilla frita. Las familias se amontonaban para entrar y otras esperaban turno. Las ventajas de viajar sólo es que siempre hay una pequeña mesa solitaria en los restaurantes. Me pasaron de inmediato y sin esperar un momento pedí tres tacos. Uno de birria, uno de tripitas y uno campechano.


Me trajeron la orden casi de inmediato junto con una enorme coca cola de vidrio, rábanos y salsa.


El desayuno restauró mi cuerpo, mi alma y mi fe en Tijuana. Noté cómo los dueños del lugar atendían a todos de forma eficiente y amable, saludaban a los regulares y a los nuevos, nos trataban de forma cálida, caí en cuenta que desde que llegué, los pocos cachanillas con los que había cruzado palabra eran sumamente amables y abiertos, me recordó a la gente de Torreón.


Me empaqué un taco más por si acaso, porque yo tengo una teoría que está por ser comprobada científicamente: Llega el momento de todo mexicano, en el que el taquero pregunta ¿Uno más? En ese momento, en lo profundo de su corazón, el mexicano sabe la respuesta y si dentro queda sólo un pequeño resquicio de duda sobre si comer o no otro taco, la respuesta es “Si”., ¿Por qué?


Porque cuando un mexicanos sabe que está lleno y no puede más, lo sabe, está seguro y en el no cabe duda de que ya no se puede otro. Pero ante la duda, la respuesta siempre es si, porque si no, más tarde vendrá el arrepentimiento.


De camino de regreso al hotel para tomar mis cosas, paré por una cafetería donde me sirvieron un buen espresso y nuevamente, de forma muy amable. Me sentía tranquilo, iluminado y descansado, las calle ya estaban llenas de comerciantes, locales y visitantes, parecía una ciudad distinta.


Llegué a mi hotel, tomé mis cosas y pedí mi uber. Camino al aeropuerto iba en silencio mientras intentaba procesar toda la semana de viaje, en especial, mis 24 horas en Tijuana que no me dejaron más que ganas de regresar y conocer de manera más profunda esta vibrante y cambiante ciudad.


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