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El encuentro con el otro

“Es cierto que el Otro a mí se me antoja diferente, pero igual de diferente me ve él, y para él yo soy el Otro.” RYSZARD KAPUSCINSKI


Uno de los autores más importantes que me ha acompañado de forma especial en ésta vida de viajes. A través de él, he podido profundizar más en temas como la cultura, el tiempo, la pertenencia y la profesión. Ébano, Viajes con Heródoto y Encuentro con el otro, son algunos de los libros que más me han marcado.





Sobre éste último título, la importancia de reflexionar sobre la forma en que entendemos y nos hacemos conscientes sobre nuestro lugar en el mundo y en la historia respecto a los otros. Sin el otro, sin la otra persona no podemos entendernos como individuos, no podemos tener identidad.


Los viajes tienen un sólo propósito fundamental: Generar encuentros. Encuentros con uno mismo, con la naturaleza y el territorio o encuentros con la otra persona.


Muchos de nuestros viajes tienen como objetivo conocer otras culturas, otras formas de entender y de transitar la vida. Lo que nos hace tan diferentes es el contexto en el que nacemos y crecemos. La cultura al ser un reflejo de los elementos naturales en los que un grupo humano se crea, desarrolla y prevalece, nos permite conocer más sobre el territorio, su historia, sus personas y en gran medida, nos ayuda a entender nuestro lugar al entender nuestras diferencias. Ese es el gran poder oculto de los viajes, afianzar nuestras creencias y valores o hacer que los cuestionemos para expandirnos y apreciar más lo desconocido, lo nuevo, lo diferente.


Para mi, viajar para conocer otras formas de vida, ha sido uno de los mayores regalos en ésta vida. África me ayudó a entender mi lugar en el mundo.


Una de las sensaciones más potentes que he sentido en un viaje fue en un mercado en Nacala, la pequeña Ciudad que quedaba cerca de Muzuane, la aldea en la que vivía. Como cada jueves, un pequeño camión de volteo de la escuela salía para la Ciudad y yo aprovechaba ese viaje para hacer algunas compras y tomar una cerveza en la terraza del Hotel Central donde se reunían los pocos extranjeros a conversar sobre negocios y noticias de afuera. Ese lugar me recordaba a los bares que Kapuscinski describe en sus libros.


Un jueves como cualquier otro, después del viaje en la caja del camión, llegamos al centro de Nacala y yo, con mi mochila me encaminé hacia el mercado central, lugar donde además de conseguir algo de frutas y verduras locales, podía encontrar productos para la casa y sentir la verdadera identidad de la ciudad, siempre he creído que los mercados son uno de los mejores lugares para conocer un destino. El mercado estaba como oculto en una especie de terreno subterráneo, para entrar por alguna de sus múltiples entradas había qué bajar unas escaleras para entrar a los oscuros pasillos en donde se vendían gallinas, pescado, verduras, baterías y mucha mercancía china. Apenas al bajar por una de las escaleras, un muchacho me detuvo en seco para hacerme conversación, esto era de lo más común, era evidente que no era de ahí y a la gente le gustaba saludar y hacer preguntas a quemarropa sobre mi lugar de origen, mi familia, mi escuela y las razones que me llevaban hasta allí.


El muchacho comenzó a hacerme el interrogatorio de costumbre y empezó a preguntar por mi camisa. Ese día yo llevaba la camisa de la selección de fútbol mexicana, una camisa lisa de un verde llamativo.


El muchacho empezó a decirme que le gustaba mucho mi camisa y que le gustaría tener una como esa, empezó a jalar un poco la tela, lo cuál me hizo sentir incómodo y di un paso atrás. Cuando me di cuenta, ya tenía a otros tres tipos a un metro de distancia de mi, aparentemente amigos de éste tipo que comenzaron a rodearme y a acorralarme contra una pared al pie de la escalera.


El momento se puso muy tenso, mientras comenzaban a acercarse más a mi mientras veían mis botas de hiking y el sencillo reloj timex que llevaba encima. Empezaron a decirme que les diera mi camisa y no lo estaban pidiendo de un modo muy amable.


Mi única alternativa fué hacerme el duro y sonreír cínicamente, por dentro estaba muriendo de miedo. Comenzaron a estirar la tela de la camisa cuando de un golpe me quité las manos de encima y empujando a uno me hice a un lado para no estar acorralado contra la pared, me puse en posición de ataque. Ellos empezaron a reírse entre ellos y yo no entendí muy bien su reacción. Eran muchachos que trabajaban en el mercado, les gustaba mi camisa y para divertirse, empezaron a molestarme. No siempre llegaba un mexicano a los pasillos del mercado.


Mientras se reían, se despidieron y me dejaron ir, mientras yo con la respiración acelerada y la sangre acumulada en los brazos y las piernas, listo para correr o pelear, intenté calmarme. Hice como si nada hubiera sucedido y comencé a hacer algunas compras, sólo para darme cuenta de que el mercado entero me veía con una sonrisa burlona. Era evidente que los muchachos sólo intentaban ponerme incómodo y jugarme una broma pesada, todos parecían estar divertidos con la idea de molestar un poco al extranjero. Al final, me relajé, pude conversar sobre eso con algunos vendedores y todo quedó en una anécdota que a veces cuento. Ahí entendí que yo era el raro, el foráneo, la minoría y era el que debía tener mayor respeto y cuidado, yo era el visitante y debía mostrar cautela y respeto.



Pro-tip: Viajar con un libro que tenga relación al destino que se visita o al tema del viaje, es un pequeño catalizador de experiencias, permite ver desde otro ángulo lo vivido y permite afianzar el recuerdo.



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