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Un Lemur habitó en mi cabeza.

Esta es una historia corta de cómo terminé de padre adoptivo de un Lemur Ratón llamado Mongo y su reinserción a la vida salvaje.


Tuve la fortuna de vivir y trabajar en Mozambique, en el sur de África. Viví y trabajé en un proyecto de educación donde había un orfanato/escuela de educación técnica para niños y jóvenes de la región de Nacala Porto, en el norte del país. Mi trabajo consistía en recolectar la evidencia de los programas y proyectos que se realizaban en la organización para darles sentido, medir el impacto y presentarlo a los aliados y donantes. Además de esto, daba clases y asesorías durante las noches a los alumnos rezagados.


Nuestra casa en el norte de Mozambique frente a la playa.

Mi casa estaba enfrente de la playa, en un paraíso de arenas blancas, agua de tonos azules y llena de vida marina. Todas las mañanas los pescadores y las familias de la aldea bajaban para aprovechar la marea baja y sacaban la pesca del día. Yo solía bajar a la playa por las tardes para caminar con nuestro perros: Nswa y Sazá, los “guarda-ncuña” o “cuidador de blancos” como los llamaban los locales, pues no dejaban que nadie se nos acercara. Los perros eran dos cruzas de pastores, fuertes y ágiles, Sazá era una perrita negra y muy independiente, Nswa era más grande, de color amarillo, le encantaba seguirme a todos lados y cuando bajaba a bañarme al mar, el siempre corría al agua para jugar conmigo de una forma un tanto torpe y agresiva, yo terminaba siempre con rasguños en la espalda y los brazos. Amaba a esos perros.


Yo con Nswa el perro pastor que cuidaba la casa en Nacala Porto

Mi casa también estaba dentro del predio en donde estaba la escuela, por lo que todos los días caminaba de la casa al trabajo a lo largo de un camino de unos quinientos metros. Este camino cruzaba algunos arenales y un camino de tierra bordeado por árboles de cajú (Nueces de la india) que formaban un arco de luces y sombras que me encantaba recorrer.


Durante el día, el calor era insoportable y todos intentábamos mantenernos dentro de los edificios, por la tarde, la temperatura bajaba y en la noche siempre había un clima fresco con el viento de la marea llenando todo de humedad.



Un día al terminar de dar mi clase, tomé mis materiales para regresar a casa y hacer la caminata de regreso, era noche de luna llena, quería enviar unos correos personales antes de dormir. El acceso a internet era muy escaso y la única forma de conectarnos era a través de una especie de llave USB que se conectaba a la laptop y que contenía minutos prepagados de internet. El uso de dicha llave se repartía entre unas cuatro personas y esa noche, Giampaolo, el director de la escuela la tenía en su casa, por lo que decidí tomar un desvío para ir a pedirla.


A escasos metros de la casa, el camino tenía una bifurcación que llevaba a casa de Giampaolo o a la mía, por lo que tomé el camino del lado izquierdo para la casa de Giampaolo. Caminé unos 20 metros con ayuda de la linterna de mi celular cuando de pronto, una docena de pequeñas luces verdes brillaron suspendidas en el aire frente a mí en medio de la oscuridad a unos diez centímetros del suelo. Me quedé helado, pues no entendía lo que eran. Esperé unos segundos y las luces desaparecieron para revelar unos diminutos cuerpos roedores que caminaban lento en línea recta. Una familia de Lémures Ratón, sus ojos brillaban con la luz de mi linterna.


Era la primera vez que veía un lemur, y yo no tenía idea de que estas especies existían en la región, menos en mi casa, sorprendido, me acerqué a verlos y ellos siguieron su paso lento. Al moverme, los perros que esperaban en la casa me escucharon y corrieron a saludarme. Yo entré en pánico y quise ahuyentar a los pequeños lémures, pero los perros llegaron antes, intenté detenerlos entre una nube de polvo y caos, tiré mi celular y no pude ver nada. Escuché a los perros gruñendo y unos chillidos horribles sonaron detrás de los árboles.


Los pastores ya estaban cenando Lémur. Intenté detenerlos, pero corrieron lejos de mí, busqué mi teléfono a tientas y alumbré el camino de nuevo, una pequeña bolita de pelos más pequeña que mi puño estaba en medio del camino. Me acerqué despacio para no alertar a los perros y una diminuta cabeza con ojos grandes se asomó. Me vió fijamente, era un lémur bebé temblando de miedo. Estiré mi mano para tocarlo y el lemur (yo no tenía idea de lo que era esa cosa), tomó mis dedos con sus manos y subió a mi antebrazo de un salto. Yo no sabía cómo reaccionar, me puse de pie con miedo sin saber cómo reaccionar y el lémur de otros saltó brincó hacia mi hombro y ahí se quedó. El lémur bebé era el único que había sobrevivido al ataque de mis perros, por lo que ahora yo era responsable por su vida y su supervivencia, era la madre adoptiva del lemur.


Imagen de Mongo un Lemur Ratón Bebé que vivía en Nacala porto al norte de África

Ya en casa y con algo de acceso a internet, investigué sobre los hábitos de los lémures. Son la especie de Lémur más pequeña del mundo, son criaturas nocturnas y se alimentan de frutas y bichos cuando son más grandes. Con mi instinto paterno interracial, adapté una caja de zapatos en donde ponía pedazos de mango y plátano para que Mongo pudiera comer. Así es, Mongo es el nombre que le puse.


Durante días intenté averiguar si había alguien en la aldea que lo pudiera cuidar, pero los locales me dijeron que ahí se los comían, asados. Horrorizado decidí quedarme con Mongo y alejarlo de las cocinas locales. Para mi sorpresa, pasaron los días y Mongo no sólo había sobrevivido, si no que empezaba a crecer y a notarse más fuerte. A la semana, había tomado confianza y por las noches salía de su caja para saltar del perchero al cortinero y de ahí a mi escritorio. A mongo le gustaba posarse sobre mi cabeza, tomando mi cabello con sus dedos, por lo que algunas tardes yo pasaba horas enteras trabajando en mi computadora con un Lémur en la cabeza.


Mongo se hacía cada vez más activo, por las noches no paraba de brincar para cazar bichos, tiraba cosas de los muebles y me mordía los dedos de los pies con sus pequeños y afilados dientes. Un par de veces mientras dormía, Mongo mordía mi pezón sin consideraciones y de un golpe lo quité haciéndolo volar por el cuarto, medía apenas unos 10 cm. Con el paso de las semanas, Mongo mostraba su verdadera naturaleza, la de un animal nocturno, inquieto y salvaje.


Imagen de Mongo un Lemur Ratón Bebé que vivía en Nacala porto al norte de África

Intenté cuidar a Mongo lo mejor que pude durante un par de meses, lo alejaba de los perros todo el tiempo y le daba frutas y juguetes para que estuviera bien mientras yo salía de casa. Cuando regresaba, Mongo me buscaba para saltar a mi cabeza y pasar allí horas mientras yo trabajaba, cocinaba o hacía el quehacer de la casa.


La fecha para dejar África se acercaba, yo tenía qué regresar a México y Mongo no podía ir conmigo. Tampoco podía dejarlo con los locales, pues terminaría en una brocheta sazonado con ajo y coco.




Tomé la decisión de liberar a Mongo una mañana de Agosto, cerca del lugar donde lo encontré con familia, con la esperanza de que pudiera encontrar nuevos amigos mongus o a una nueva familia Lémur. Debo de admitir que fue un momento triste para mi y podría jurar que para él también. Es increíble la capacidad que tenemos los animales de relacionarnos, entendernos y colaborar. A través de Mongo pude entender un poco más de la naturaleza de África y de mi propia naturaleza y del poder de cuidado y atención que puedo tener, al menos de un Lemur Bebe.


Imagen de Mongo un Lemur Ratón Bebé que vivía en Nacala porto al norte de África


La evidencia de su liberación fue documentada en una producción local de bajo presupuesto que les dejo a continuación. La voz de mongo fue doblada por mi, también escribí los subtítulos y la post producción. Sé feliz, donde quiera que estés, Mongo.



https://www.youtube.com/watch?v=Z8RFj2VQO4o


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